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Ernesto Aroche Aguilar

En internet la clave es compartir, el qué, es lo de menos.

Nacida como una respuesta militar a la posibilidad de un conflicto bélico de magnitudes catastróficas bajo la histeria de una Guerra Fría casi recién iniciada, el Arpanet –el abuelo bilioso lleno de conocimiento y experiencia de toda familia— se componía de varios nodos interconectados entre sí capaces no sólo de comunicarse entre ellos gracias a un protocolo de información compartido.

La idea era crear una red de información que permitiera el trabajo entre varios puntos sin ninguna estación central que monopolizara los datos analizados y almacenados para evitar, en caso de un hipotético ataque que hoy sabemos nunca ocurrió, la posibilidad de perder el cúmulo informativo. La información estaría a la vez en todos los nodos interconectados e intercomunicados y la red difícilmente sería destruida en su totalidad.

La idea central aún sin enunciarla era sólo una: compartir; y ese mismo espíritu se mantuvo aún con la rabia de las disqueras y las empresas proveedoras de entretenimiento –llámese música, películas, series y ahora libros— como el leitmotif de la evolución que ha seguido el mundo digital.

En los primeros años de la red, y una vez que salió de los laboratorios militares para comenzar a explorar el mundo académico, el intercambio era de opiniones a través de un rudimentario software de envío-recepción de mensajes de correo electrónico, el hipertexto y la creación de etiquetas para interpretar la construcción de páginas web estaba todavía en pañales y habría que esperar algunos años.

Lo que no tuvo que esperar tanto tiempo fueron los grupos en línea, o más bien unas listas de distribución que permitían, igual que hoy lo hacen los e-grupos, el envío de un correo electrónico a una dirección central que reenviaba el mensaje a todos los suscriptores. El intercambio seguía siendo la palabra clave.

La consolidación de lo que conocemos como Internet es la suma de tres elementos claves: HTML (Hypertext Markup Language), HTTP (Hypertext Transfer Protocol) y un programa llamado Web Browser. Tim Beners Lee no tejió sobre la nada, poco menos de 20 años antes otro investigador, Ted Nelson, ya hablaba del hipertexto y los links, la base del HTML.

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En 2004, Ludicorp una pequeña empresa de software afincada en Vancuver, lanzaba Flickr, una aplicación que formaba parte de un juego multijugador que se desarrollaba en línea, el Game Neverending.

Lo que Ludicorp, que había apostado por la posibilidad de compartir experiencias dentro del juego, jamás se imaginó es que el proyecto Flickr tenía personalidad propia y la suficiente capacidad para sumarse como un elemento más que consolidaría la web social o 2.0, esa que eliminó al usuario como un ente pasivo cuya máxima aspiración –no menor, por cierto— era la posibilidad de elegir qué ver, leer o escuchar a punta de clicks, para transformarlo en un elemento que por sí mismo es capaz de generar sus propios contenidos y ofrecerlos de la misma manera para ser conocidos y transformados por otros más.

De hecho, las primeras versiones de Flickr incluían un chat llamado FlickrLive que permitía intercambiar fotos en tiempo real, utilidad que desapareció en las versiones posteriores y se fue orientando hacía la publicación y clasificación de fotografías por los usuarios sumado a la posibilidad de comentar e incluso colocar nuevas etiquetas de clasificación a las fotografías de otros usuarios, elementos que le dieron gran popularidad, aderezado por el hecho de que Yahoo compró a Flickr obligando a sus suscriptores de la herramienta Yahoo Fotos, vinculada a su servicio de correo gratuito a mudar y utilizar la nueva plataforma.

Hace casi un año Flickr presumía en su blog de llevar almacenadas 3 mil millones de imágenes.

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Las redes sociales en las que se inscribe Flickr –y Facebook, Hi5, MySpace y otras tantas— nacieron como espacios para relacionarse y compartir experiencias.

El espíritu de colaboración entendido a la perfección por Google ha llevado al popular motor de búsquedas a la posibilidad de compartir a un segundo nivel, al poner en línea paquetería de trabajo en oficina –procesadores de texto, programas de bases de datos, etcétera— que permite el trabajo en conjunto y a muchas manos, sin contar con aplicaciones como Google Maps que además funcionan como parte de los servicios de las redes sociales.

Google no sólo ha entendido la necesidad de la colaboración como un elemento para la construcción de una “inteligencia colectiva” (ver recuadro), además tiene proyectos que pretenden procesar las búsquedas de información tratadas estadísticamente para transformarla en una instantánea de la realidad.

Flickr, como subsidiaria de Yahoo! no se ha quedado atrás, en enero del 2008 puso en marcha su proyecto “Patrimonio público”, mediante el cual ofrece la posibilidad a todos sus suscriptores, sean en versión pagada que en la gratuita, no sólo de acceder a los archivos fotográficos públicos de grandes instituciones como la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, el Instituto Smithsoniano o el Getty Reserch Institute, albergadas en los servidores del propio sitio, sino además contribuir con el enriquecimiento de las imágenes a través de comentarios y etiquetas que ayuden a su clasificación y navegabilidad.

Flickr explicá así las razones del proyecto: “Hay dos metas principales de Patrimonio Público: primero, aumentar la exposición al contenido de las colecciones públicas de las instituciones cívicas alrededor del mundo; y en segundo lugar, facilitar la colección de conocimiento sobre estas colecciones, con la esperanza de que esta información se puede retroactuar en los catálogos, haciéndolos más ricos y más fáciles de buscar”.

El proyecto se inició con dos instituciones y hasta el momento suman 27 las instituciones que han contribuido con parte de sus catálogos digitales conformados por fotografías que carecen de “restricciones conocidas de derechos de autor”, para evitar algún tipo de repercusión legal.

Patrimonio Público ofrece en su mayoría un acercamiento con fotografías de principios de siglo pasado tomadas en blanco y negro, pero también una mirada ya en colores a ese fenómeno social que fue la Gran Depresión y en general a la vida norteamericana de la década que de los años 30 a los 40.

Este experimento del sitio más famoso actualmente para almacenar fotografías confirma lo dicho: en Internet la clave es compartir, el qué es lo de menos.

Inteligencia colectiva

“no es otra cosa que la generación de bases de datos de contenidos a partir de lo que múltiples usuarios han ido depositando a lo largo del tiempo. Esta inteligencia colectiva se inspira en la estadística: el mayor uso de una determinada etiqueta significa que esa palabra tiene más importancia para la sociedad en ese momento”. Fuente: Web 2.0, Manual [no oficial] de uso.

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