Etiquetas

, ,

Ernesto Aroche Aguilar

“A mi madre la criticaban, mucha gente la señalaba por que a veces nos dejaba sin comer, pero sólo lo hacía cuando llegábamos a la casa sin dinero, pero eso nos formó, nos enseñó a ser responsables, a no regresar sin nada en la bolsa”. Jorge Méndez viste un overol, sentado sobre la tumba de su madre mira con nostalgia y le sube a la grabadora que lo accompaña.

“Órale, jefa, acuérdese” dice en voz alta y vuelve a manipular el control del volumen para que Chico Ché le diga lo que no consigue hacer salir de su garganta, esas palabras que hablan de dolor por la ausencia, que se le atoran en el nudo en que se le ha convertido la lengua, pero que salen convertidas en música tropical.

“Hace ya tres años que mi madre falleció y cada año vengo a dejarle serenata. Sí, cada año las flores suben y suben, pero que no haríamos por nuestra madrecita”, dice. Sube nuevamente el volumen y deja que Paco Stanley lleve la voz cantante. Sonríe con un poco de tristeza en sus labios que apenas si se pueden ver, cubiertos bajo una mata entrecana de bigote que le termina de pintar esa imagen que le dejó como apodo “el Chico Ché” y que remata con su overol.

“Mi madre era realegre, si luego hasta nos acompañaba a las tocadas”. Y ahí se queda Jorge Méndez, sólo con sus recuerdos igual que los más de 30 mil ciudadanos que llenan el panteón municipal bajo un sol de mediodía que se mete en la piel y la pone a sudar.

Y ahí, por diez pesos, un chiquillo se ofrece a llevar una cubeta de agua hasta la tumba del deudo; lo mismo que un adulto “en plenitud” que suena con nostalgia un acordeón y también pide diez pesos por canción para ponerle el toque alegre a la tarde, que a pesar de fiesta también sabe a la sal.

100, 200, 600 o más de mil pesos hay que desembolsar para darle color y un poco de vida al sitio donde descansan los restos físicos de quién se encargó de educarnos. Y ahí lo mismo da que sea un mariachi o una grabadora para llevarle serenata a la que ya no está.

Y para eso Rocio Durcal y la canción “Amor Eterno”, el lugar común en estos días, que vale lo mismo para demostrar la devoción de quien se erige todo el tiempo como el pilar de la familia.

“Me gasté como 250 pesos en flor”, dice María Luisa García Núñez, “si está cara, muy cara. Usualmente la compro en el mercado de abastos, pero esta hoy ya no me dio tiempo. No, allá además de frescas está mucho más baratas. Fíjese, por 200 pesos me hubiera traído al menos el doble”.

María se gira y continúa con su trabajo de limpiar y cambiar el agua de las flores, y sigue pensando en que a la madre no debería solo recordarse una vez al año, no sólo en estas fechas. Ella regresa cada 15 días a limpiar la tumba. “Lo hacemos entre mi padre y yo, mis hermanos pocas veces se acuerdan, pero ahí si, cada quién su vida”.

A lo lejos el Mariachi canta las mañanitas en alguna otra tumba, la vida sigue, por más que duela la ausencia.

Anuncios