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  • No me acuerdo qué pasó después, ni siquiera supe dónde quedó mi hija, la que falleció cuando se nos cayó encima el monte”

Ernesto Aroche Aguilar

“Estaba ahí parada, esperando un taxi que nos trajera de regreso a la casa, eran como las 11.30. Dicen que se oyó un ruido fuerte, pero nosotros no lo escuchamos, estaban pasando muchos autos y no nos dimos cuenta cómo la tierra se nos venía encima”.

Susana Gutiérrez Marcial se para en el quicio de la puerta de su pequeña casa de madera en donde vive junto con los tres hijos que aún le quedan y su marido, y narra al reportero aquel día fatídico, ese 7 de septiembre del 2006, cuando el Necaxaltépetl le arrancó de sus brazos a Mercedes, la más pequeña de sus hijas.

El monte se partió de improviso y una lengua de lodo y piedras que soltó el costado herido del Necaxaltépetl alcanzó a Susana aquella mañana llevándose consigo, junto con un tráiler, varios autobuses de pasajeros y algunos autos privados, y la vida de la pequeña de apenas un año de edad.

“No me acuerdo qué pasó después, ni siquiera supe dónde quedó mi hija, la que falleció cuando se nos cayó encima el monte. Cuando reaccioné ya estaba en el hospital en Puebla, me llevaron en avión, tenía una fractura no sé qué en la cabeza y ya no tenía pelo, me lo habían cortado”.

Fue en helicóptero, a Susana se la llevaron de emergencia para Puebla por la gravedad de la fractura craneoencefálica que le produjo una de las tantas rocas que dejó caer el banco de piedra, harto, cansado de que le rascaran insistentemente las entrañas, primero la compañía de Luz y Fuerza y después la empresa constructora ICA.

Fue la única de las once personas heridas que se llevaron hasta la capital poblana, quien presentó las heridas más graves, la que se debatió entre la vida y la muerte por varios días antes de regresar con dos cicatrices a cuestas, la que cruza la cara y la que le dejó el saber ya no verá a la pequeña Mercedes.

“Había mucha gente, estaban los planteros de Tenango y gente que esperaba el transporte, comenzaron a gritar y ya nadie pudo quitarse del puente. Me sacaron casi muerta, dicen que ya no respiraba ni nada, yo no supe hasta que desperté allá en el hospital”.

El puente se rompió en un costado por el impacto de las piedras y los autos que el deslave empujó hacia la presa, pero eso ya no lo vio Susana, estaba desmayada cubierta de lodo con la mano sujetando el vacío.

Aquella mañana Susana había bajado a Huachinango para acompañar a su cuñada a una cita con el médico. Cuando ocurrió el desastre esperaban la llegada de un taxi que las subiera de nuevo hasta el pequeño poblado de no más de 800 habitantes que lleva el mismo nombre del cerro que dejó caer sus entrañas llevándose consigo la vida de cuatro personas, oficialmente, aunque las voces de la gente del lugar eleve a 18 el número de los fallecidos.

“Lo que es cierto es que el deslave se llevó a mucha gente, sacamos a muchos cadáveres”, asegura Pedro González, taxista que tiene su sitio justo frente del Necaxaltépetl, en la entrada principal de Nuevo Necaxa en donde se observa imponente la herida del cerro que aún deja caer, de tanto en tanto, algo de tierra o algunas piedras como si siguiera sangrando.

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