Ernesto Aroche Aguilar

Zapotitlán Salinas, Puebla. La sal, producto que fuera por muchos años el motor económico de la región que comprende la reserva de la biosfera Tehuacán -Cuicatlán, –que se ubica entre Puebla y Oaxaca estados del sureste mexicano– podría regresar a ocupar un lugar preponderante en la cultura y la economía de la zona, luego de haber sido desplazada durante poco menos de 30 años por las minas de ónix que hoy parecen estarse agotando.

Pero mientras los ejidatarios y comuneros de la zona encuentra el mecanismo para lograr una producción sostenida de 30 toneladas para cumplir con las necesidades de un empresario alemán interesado en el producto, los salineros mantienen prácticamente el mismo esquema de producción que utilizaron hace cientos de años sus pobladores prehispánicos.

Los popolocas, pueblo que desapareció con la llegada de los conquistadores españoles a la región, heredaron a los actuales habitantes no sólo los pozos salinos de donde se extrae la sal, también las más de 15 “terrazas” o salinas que se ubican en la región de Zapotitlán de las Salinas y los miniacueductos que las surtían.

Prácticamente nada ha cambiado, si acaso sólo la incorporación de bombas para extraer el líquido con que se llenan los estanques de no más de 15 centímetros de profundidad, y que tras un proceso de evaporación y barrido con escoba, que en la época de estiaje dura entre 2 y 3 meses, ofrecerá poco más de 25 kilos del preciado producto por estanque.

La dura vida en las salinas de Zapotitlán 

A cambio de 80 pesos –menos de ocho dólares– por jornada, tal vez un poco más dependiendo del día o del humor del patrón, los salineros entregan el dolor de sus pies desnudos y la piel quemada por la sal que con el tiempo se transformará en una reuma crónica.

Nicolás Salas Rivera tiene varios años empujando con una escoba el remanente de sal que deja al evaporarse, a flor de estanque, el agua que se bombea de un pozo que tiene los mismos años que la construcción: miles. Los mismos que llevan de no florecer por ahí la civilización popoloca que logró arrancar y domesticar el maíz, uno de los sellos de identidad indelebles de México.

“Llevan miles de años ahí, son construcciones de los ancestros”, asegura; ¿prehispánicas?, le pregunta el reportero. Nicolás Salas Rivera sólo alza sus hombros enjutos, igual que el resto de su cuerpo cubierto por una piel recia y curtida por los días y la sal, una piel que el sol insistente, y la melatonina, han ennegrecido.

Del patrón se habla poco, o mejor aún, no se habla. Basta con que pague el jornal para regresar a casa, “allá cerquitas, como a cuatro o cinco kilómetros para llegar acá a Las Ventas”, distancia que recorren a pie todos los días con algo de dinero en la bolsa para mitigar el hambre –no es gratuito que el municipio esté catalogado entre los de alta marginación según el Consejo Nacional de Población.

Y es que eso que los especialistas llaman, deshumanizándolo del todo, el mercado del trabajo, escasea en la zona desde que en la región de Tehuacán la industria maquiladora abandonó las naves industriales para buscar mejores precios por prenda del otro lado del Atlántico.

Hoy, muchas de las compañías estadounidenses -GAP, Wrangler, Tommy, Guess o Nike – que vivieron el esplendor millonario de la maquila, compran el producto terminado para sus aparadores en grandes almacenes comerciales y sus tiendas, lo mismo en China que en Vietnam y en otros países orientales, donde el costo de la mano de obra se paga tres o cuatro veces menos de lo que se paga en nuestro país, según un estudio de la Cámara Nacional de la Industria Textilera.

Pero todo esto a Nicolás no le importa demasiado, el día lo va sacando a fuerza de pasarse horas en las salinas, rellenando los estaques con agua del pozo, un ojo de agua que en estos momentos con dificultad permite extraer agua.

“Si bien nos va, por ahí de mayo o junio, con las lluvias, llegaremos a la mitad del pozo”, que tiene 14 metros de profundidad y al que hace años, cientos, “que nadie le mete mano”, asegura; tampoco las piedras llenas de sarro y sal oxidada que delimitan el pequeño cuerpo de agua fueron colocadas por los trabajadores actuales; “ya estaban ahí”.

 

Sal para consumo humano e industrial 

“De acá sacamos sal para la casa, pero también para animales”, explica Juan, así, a secas, después del insistente preguntar de los dos fotógrafos, los dos reporteros y la editora que hicieron un alto en la zona con su curiosidad a cuestas.

Su negativa tiene más que ver con las preguntas y las máquinas fotográficas que han pasado por ahí antes. “Muchos vienen –dice–, pero nunca regresan, nos toman fotos, nos preguntan y tenemos que dejar la labor para explicarles, perdemos tiempo ¿y qué nos queda? Nada. Se van y vienen otros como ustedes”.

Pero al final la insistencia lo deja sin argumentos y explica: “El agua se deja reposar dos meses más o menos si tenemos los calores como ahorita; tres o más meses cuando los días se acortan. Lo primero que sale es para la cocina, la nata pues, eso lo barremos, con cuidado, despacio lo pasamos a otro estanque. Después el asiento lo tallamos con un tubo –que muestra–, y ese se queda para los animales, para chivos o vacas, se usa mucho en la matanza de chivos que tenemos”.

Si la sal se “ensucia”, con hojas, insectos muertos o a veces con polvo, “luego no la quieren pagar igual. Si bien nos va, logramos sacar 30, hasta 35 pesos por bulto. La sal para humanos todavía tiene que pasar por otros procesos, pero eso ya no es cosa de nosotros”, explica.

Y mientras cuenta, más molesto que comunicativo, enseña la pequeña habitación en donde se almacena. Un pequeño cuarto de adobe alberga a dos cerros del que se llegó a considerar un bien tan preciado como para ser usado como moneda de cambio lo mismo entre griegos que romanos. Uno de ellos, con la sal cristalizada que será para el consumo humano; el otro, de sabor más amargo, se usa para los animales.

Según algunos estudios arqueológicos, la producción de sal en la región tuvo 14 asentamientos prehispánicos, varios de ellos en la zona de Zapotitlán Salinas, como se puede observa al recorrer la carretera que comunica a esa población con la autopista a Oaxaca y con Tehuacán.

Aunque la producción salina en Puebla no se limita a Zapotitlán, explica José Alfredo Vitela, funcionario de la Secretaría de Desarrollo Rural (SDR) del gobierno poblano. “También se tienen salinas en Chila de Sal, Tulcingo del Valle, y por la zona de Acatlán, son como 4 regiones que producen el mineral”, explica.

 

Proceso artesanal

En Zapotitlan la producción salinera no ha cambiado en los últimos 500 años, cuando el arribo de los españoles mermó el desarrollo de las culturas autóctonas. El proceso ahí, explica Alfredo Vitela, sigue siendo artesanal.

“La producción en la región no se ha industrializado en lo más mínimo, sigue siendo una producción artesanal. La explotación salina en la región decayó en los últimos años porque la gente de la región se dedico al ónix. En los cerros donde estaban las terrazas salineras descubrieron yacimientos de la piedra, y destruyeron varias salinas. Ahora que el ónix ya no les reditúa como antes, están buscando regresar a la sal”.

Y aclara: “Nunca dejaron del todo la actividad, pero con la explotación del ónix sí disminuyó bastante la producción de las salinas”.

En Las Ventas, uno de los ocho parajes de terrazas salineras que existen en el municipio de Zapotitlán, varias terrazas de piedra colocadas en diferentes planos contienen los más de 120 estanques en donde trabajan Juan y Nicolás, algunos llenos del agua salinosa del pozo que corona ese pequeño parque, otros esperando la época de lluvias que alimente al pozo que hoy está en sus niveles más bajos.

Originalmente, explican Juan y Nicolás, el agua corría directamente del cuerpo de agua a través de pequeños canales que hoy permiten el recorrido, la ingeniería del lugar sorprende por su exactitud.

Pero eso es historia vieja, que de poco o de nada sirve a Juan o a Nicolás en su trabajo diario que obliga, a veces, a jornadas de más de ocho horas sin que a cambio de ello exista el compromiso patronal de ofrecer seguridad social o atención médica. Y las secuelas están a la vista: manos agrietadas y quemadas por el manejo constante del mineral, que se dice proviene del tiempo en que la zona estaba debajo del mar, como se puede constatar en San Juan Raya, población vecina en donde hay fósiles marinos petrificados.

Pero al igual que Juan y Nicolás, más del 80 por ciento de la población vive en las mismas condiciones salariales, apenas 8 dólares al día para “irla llevando”. Por eso, hoy algunos de los productores que trabajan en las terrazas ubicadas en terrenos comunales buscan retomar la producción salina y exportarla.

Una tarea que se ve difícil, apunta Alfredo Vitela, aunque se ha buscado el apoyo gubernamental para la tecnificación, algunos estudios señalan que geológicamente la producción salina no alcanzaría para atender las demandas y las necesidades de los posibles compradores.

Una primera versión de la crónica fue publicada en La Jornada de Oriente el 26 de maro de 2007

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